La semana pasada repasamos los tres primeros circuitos que visitó la Máxima Categoría en Norteamérica y recuperamos las razones por las que estos dejaron de formar parte del calendario. Hoy vamos a continuar nuestra recapitulación de la búsqueda por identidad que ha tenido el Gran Premio de los EEUU, revisitando las que en mi opinión han sido las mejores sedes estadounidenses: Watkins Glen y Long Beach.

Watkins Glen (1961-1980)

Después de los fracasos económicos, el organizador de los eventos en Sebring y Riverside intentó llevar la carrera a una nueva sede en la Florida, ni más ni menos que Daytona. El plan no pudo ser concretado en tiempo, por lo que parecía que los Estados Unidos se quedarían sin carrera de Fórmula 1 en 1961. De manera sorpresiva, la administración del circuito de Watkins Glen en el estado de Nueva York alcanzó un acuerdo de último minuto para organiza el Gran Premio.

Con apenas mes y medio de preparación, algo impensable en esta época, los administradores del circuito tuvieron listo el popular Glen para recibir a la Fórmula 1. Quienes no estuvieron listos del todo fueron equipos como Ferrari, que al recibir la notificación de la carrera con tan poca anticipación no pudieron asistir a esta. Con todo y estos dolores de parto, la primera edición del Gran Premio de los Estados Unidos en Watkins Glen fue un éxito, atrayendo a una multitud casi tres veces superior a la que había acompañado a la Fórmula 1 en su fallida visita a la costa oeste el año anterior.

El escenario y la atmósfera que rodeaba a la carrera (y no se diga el premio en efectivo, usualmente el más alto de todo el calendario), hacían de la prueba en Nueva York una de las más esperadas por pilotos y equipos. También los aficionados apreciaban la visita anual al Glen y en los 20 años que la prueba se pudo mantener siempre respondieron de buena forma en la taquilla.

A pesar de su popularidad, el circuito de Watkins Glen tenía sus problemas: no era (ni es) particularmente ancho, tiene muy pocas zonas de escape y su superficie no era precisamente regular. A mediados de los 70s, la preocupación por la seguridad venía en aumento y la permanencia en el mundial de varios circuitos se condicionó al establecimiento de programas de modernización. La búsqueda por llevar al venerable Glen a los estándares de seguridad que entonces se exigían fue le principio del fin, ya que le generó a los organizadores una carga financiera a la que ya no podrían hacer frente. Después de realizar un costoso programa de pavimentación en 1980, la deuda acumulada por los organizadores demostró ser impagable. Las autoridades locales no estuvieron dispuestas a apoyar en un programa de saneamiento de emergencia (esto suena muy actual, no?) y la carrera se perdió definitivamente en 1981.

Long Beach (1976-1983)

A mediados de los 70s, la viabilidad a largo plazo de un Watkins Glen que se hacía viejo comenzaba a ponerse en duda. La Fórmula 1 no iba a prescindir de un Gran Premio en el mercado más grande del mundo y así inició una búsqueda por un eventual remplazo para la carrera de Nueva York. De forma sorpresiva, la Máxima Categoría regresaría al condado de los Ángeles, a una localidad con apenas experiencia en la organización de este tipo de eventos.

Con solo una carrera de experiencia en Fórmula 5000, la ciudad de Long Beach debutó en 1976 como sede del Gran Premio de los EEUU del oeste, convirtiendo al país americano en apenas el segundo en la historia que organizaba dos Grandes Premios en el mismo año. El fin de semana de la primera prueba en Long Beach fue todo un éxito, con una asistencia record para una carrera de F1 en Norteamérica y entregando un buen espectáculo. Esta primera carrera la ganaría para Ferrari el suizo Clay Regazzoni.

Durante ocho años consecutivos, el Montecarlo del Oeste formó parte del Campeonato Mundial. Desafortunadamente, aunque se esperaba que permaneciera en el calendario más allá de la desaparición del Gran Premio en Watkins Glen, Long Beach solamente albergó carreras de Fórmula 1 hasta 1983. En esta ocasión, la salida de la F1 de California no se debió a la falta de público o de interés de los equipos, ni siquiera a problemas económicos. Esta vez la culpable fue la brutal competencia de un serial doméstico que se comenzaba a revelar como un rival global para la Máxima Categoría: la serie CART.

Por una fracción del costo, y con condiciones mucho menos rígidas para los organizadores, el serial americano estaba dispuesto a tomar el lugar de la F1 en Long Beach. La CART ya era mucho más popular que la F1 en los EEUU en esa época y ello terminó de sellar el destino de la Máxima Categoría en las playas californianas.

Aunque no habían entregado malas cuentas (ni mucho menos), los Grandes Premios en Watkins Glen y Long Beach desaparecieron a inicios de los 80s. Ninguno de los siguientes intentos por revivir el interés de los estadounidenses en la F1 (Indianápolis incluido) tendrían el éxito del que disfrutaron las pruebas en Nueva York y California y algunos de ellos fueron simplemente ridículos, pero de ello hablaremos en la última entrega de esta serie el día de mañana.